miércoles, 14 de noviembre de 2012
Te veo en la acera opuesta. Nos miramos fijamente, pero hay algo que me impide acudir a saludarte y parece que a ti te pasa lo mismo. Como si un muro de cristal transparente estuviera colocado a mitad de camino entre ambos. Quizá es la vergüenza que nos da ser rechazados, o quizá el orgullo, más peligroso que nada en estas cuestiones que nos atañen.
domingo, 29 de julio de 2012
Viento y águilas en el horizonte
El alquitrán de la carretera arde bajo mis pies. La goma de mis Converse está tan desgastada que puedo notar cómo asciende el calor del asfalto y me cuece los pies. Quizá la suela de las zapatillas acabe derritiéndose.
Sé que llevo muchas horas caminando, incluso desde antes que este sol abrasador comenzase a bañar mi piel lentamente al amanecer. Recogí mi pequeño campamento cuando las golondrinas comenzaron a piar, dispuesta a no dejar sin recorrer ni uno sólo de los kilómetros que en el día de hoy pudieran apartarme de mi destino.
El sudor cae a chorros por mi nuca y el pelo hace tiempo que dejó de lucir limpio, pero no me importa. El viento lo agita y lo enreda al mismo tiempo, proporcionándome un sentimiento de libertad irreemplazable. Los camiones, los pocos que pasan por esta carretera, hacen que mi vestido ondee incluso más deprisa de lo que giran sus ruedas. De vez en cuando, alguno para, ofreciéndose a llevarme a mi destino, pero yo declino todas las invitaciones. Y no porque no me gusten los camiones, que me encantan, sino porque siento que este viaje debo hacerlo con los pies bien cerca de la tierra y sin elevarme demasiado sobre el camino que debo seguir. Sin embargo, y para no ofender a ninguno de estos hombres que paran, les cargo mi pequeño equipaje para que me lo lleven a la siguiente estación de servicio y les prometo (porque insisten mucho) que allí aceptaré que me inviten a una Coca-cola.
Tras pasarme todo el día caminando, exceptuando una pequeña parada en la estación de servicio para comer y recuperar mi macuto, siento que mi piernas, mi rodilla izquierda, están próximas a gritar '¡Basta!'. Pero mi corazón y mi mente no están de acuerdo. A parte de que el lugar no es el más idóneo para acampar (no hay ningún matojo ni árbol tras el que resguardarme a la vista), presiento que algo más va a sucederme antes de que la noche cerrada se cierna sobre mi espalda.
Es entonces, cuando tras de mí, oigo un frenazo y el chirrido del metal que se desliza fieramente por los baches de la carretera. Vuelvo la vista a tiempo de ver cómo un faro se apaga y oigo una voz que maldice. Mis piernas, que ya no podían más, comienzan a correr, y cuando quiero darme cuenta veo una moto, una Harley, tirada en la carretera con el faro roto. Más allá, hay un bulto que parece no moverse. Me acerco con cuidado y tengo miedo de encontrarme algún animal muerto. Siempre fui muy aprensiva con los cadáveres.
Por suerte, está vivo y no es ningún animal. Un chico se pone en pie y se dirige a su moto. Murmurando sobre su mala suerte, la levanta y comienza a rebuscar en uno de los maletines. Saca una bombilla y cambia la que se ha roto. Pone el contacto, comprueba que funciona y gira en derredor, como si esperara que algún animal fuera a saltar a la carretera. Es entonces cuando me ve y se pega tal susto que la moto casi se le cae. En su favor debería decir que no es nada habitual encontrarse en mitad de la carretera a una chica un poco harapienta.
Le pregunto si está bien y me dice que sí.
- Se me ha cruzado un zorro y por esquivarle casi me pego el guarrazo del año. ¡Malditos zorros! Pero vamos, menos mal que no me he roto nada y lo de la moto sólo ha sido el faro. Si hubiera sido otra cosa...lo tendría más crudo. Pero oye, ¿tú a dónde vas?
Y aunque es la misma pregunta que me hacen todos los días, ahora la medito un poco más. Me doy cuenta de que aunque sé cuál es el destino, no estoy segura de cuál es el camino. Mi corazón se detiene un instante más de lo habitual y siento que mis ojos se inundan, porque a pesar de que me hecho la dura estos días, mi corazón está más cansado que mi cuerpo.
Intento explicárselo al chico, pero soy incapaz de explicarme de manera coherente. Finalmente, y sin yo quererlo, de mi boca salen estas palabras: "¿Me llevas?".
El chico me mira extrañado con sus ojos azules que ahora veo a la luz del faro, sonríe y me dice: "Pues claro, porque aunque no sepas el camino, yo te acercaré a la meta".
Nos montamos en la Harley y el viento resuena en mis oídos cuando el motor comienza a ronronear, y corremos, volamos, y descubro que quizá hoy me he acercado un poco más a la meta.
viernes, 27 de julio de 2012
Patines a los 23
Éramos jóvenes y el día en que vivíamos no nos preocupaba lo más mínimo. Sólo nos interesaba saber que se acercaba el final de mes para acudir al estanco,esa tienda maravillosa con los estantes llenos de un tabaco que pensábamos que nos trasladaría a continentes lejanos. Pero nunca lo comprábamos. Sólo íbamos allí a comprar un mísero billete que nos permitía coger todos los autobuses y metros de la ciudad, todas las veces que quisiéramos sin preocuparnos por la incómoda presencia del revisor. Y es que nuestras madres habían acabado hartas de las multas y recibos que llegaban a casa cuando nos pillaban colándonos en el metro, así que nos obligaron a hacernos el mal llamado "abono de transportes".
En realidad nos daba igual cómo se llamara siempre y cuando nos facilitara llegar a tantos y tantos locales de ensayo de esos grupos que tanto nos fascinaban. Nos ocultábamos bajo las ventanas (si es que las tenían) y detrás de las puertas, y dejábamos que los ritmos de las guitarras movieran nuestros dedos, que nuestros oídos vibraran con los graves del bajo y que nuestro corazón latiera al unísono de la caja de la batería. Y tras pasarnos tarde enteras con la música impregnando nuestras almas, volvíamos a casa, robábamos algo de lo que nuestras madres habían preparado para cenar y volvíamos a salir a la calle.
Cogíamos las bicicletas, Bran y yo, y esperábamos a que Patti saliera de su portal con aquellos patines negros y rojos de su padre que tan grandes le quedaban. Y nos íbamos por las calles vacías, a gastar nuestro tiempo, porque nos sobraba tanto que salía por cada uno de los poros de nuestro cuerpo. La risa de Patti resonaba en los bordillos y en lo alto de las farolas que proyectaban nuestra sombra cuando se agarraba a la parte de atrás de nuestras bicis y patinaba calle abajo sin ni siquiera saber mantener el equilibrio.
Día tras día el verano pasó, pero nosotros nos quedamos en los 23, porque ese verano decidimos que no queríamos envejecer ni preocuparnos por nada que no fuera la música.
Sin embargo, ahora, también les hemos comprado el abono a nuestros hijos, que se reúnen todas las tardes para ir a escuchar a los grupos que en nuestra juventud aún no sabían interpretar una buena melodía y que hoy, a pesar de todos los éxitos que han conseguido, siguen ensayando en los mismos sitios.
domingo, 22 de abril de 2012
Waitin' on a sunny day
Lo sabes, sabes que te estoy esperando. Y lo mejor de todo es que lo has sabido siempre. Aquí me tienes.
Lo más raro es que yo no soy de esos que esperan, mi lema es como aquella canción de Springsteen. La que escuchamos la noche en que nos conocimos, en aquella fiesta. Tú saliste a tomar el aire al porche y yo te seguí, y justo cuando me senté a tu lado en los escalones, la voz del Boss se alzó por encima del murmullo de la gente y se oyó clara en la noche: "Baby we were born to run".
Ahí nació nuestra amistad, y más tarde el amor, pero sólo por mi parte, y es que resultó que tú ya estabas con alguien. Al principio me desanimé, pero algo dentro de mí se negaba a rendirse. Me negué a dejar de hablar contigo, a pesar de que me dolía, sobre todo cuando me contabas que habías hecho planes con tu novio.
El tiempo pasó, y lo tuyo con él se acabó. Quizá porque él veía demasiado fútbol, quizá porque pegó a tu perro, o simplemente porque dejaste de quererle.
Y yo, CC, aquí estoy, como bien dice Bruce, "Waitin' on a sunny day".
viernes, 20 de abril de 2012
Estoy sentada en el sofá. Mi casa está completamente vacía de vida. Estoy mirando a través de la ventana cómo el sol se pone. Todo es bello en la calle. Los niños están jugando y desenterrando gusanos. Sus padres están hablando entre ellos mientras sus hijos gritan y sus voces me recuerdan mis viajes a través de los Estados Unidos, tomando fotos de pueblos vacía donde sólo los niños jugaban en las calles. Yo sólo tenía mi coche, un Cadillac, mi bolsa de equipaje con lo básico y mi cámara de fotos. Nunca había necesitado una casa donde poder tomarme un descanso. Prefería viajar y conocer gente diferente.
Sin embargo, un día sentí algo en mi interior. Me desperté una mañana y me di cuenta de que no tenía ganas de coger el coche. Creí que lo único que necesitaba era dormir un poco más, pero me equivocaba. Mi corazón estaba diciéndome que quería una casa, mejor dicho, un hogar al que pudiera volver después del trabajo, con una chimenea y un árbol gigante en el jardín bajo el que sentarme a leer.
Así que compré una pequeña casa con un gran jardín en un pueblecito de Nuevo México. Un día, cuando estaba tomando un te, vi a un hombre cruzando la calle. Llamó a mi puerta y cuando abrí, sus ojos me atravesaron, eran tan profundos y me miraban de tal manera que no podía moverme o decir algo. Esa fue la primera vez que vi a mi vecino. Al fin, conseguí invitarle a entrar y se quedó conmigo desde entonces. Murió hace 2 semanas y ahora yo tengo 82 años.
Los niños siguen gritando, pero creo que me voy a ir a la cama. Espero no volver a oírlos nunca más.
jueves, 22 de marzo de 2012

Siempre fui de aquellas personas que vivían la vida al límite, con las pulsaciones a mil por hora y viendo pasar todos los trenes siempre en el borde de las vías. Nunca tuve miedo, y ahora tampoco, aunque para ser sincero, no sé muy bien cómo sentirme.
Hay cosas brillantes allá abajo, entre las traviesas. Estoy muy tentado de bajar a contemplarlas y esperar allí al tren. Las cosas que brillan siempre han llamado mi atención, y más cuando te vi por primera vez. Tu pelo rojo cobrizo resaltaba en medio de todas aquellas cabezas negras y los brazos pálidos que se alzaban para intentar tocar las notas que salían de mi guitarra.
Cuando se apagaron los focos y comencé a cantar mi canción favorita, un mechero se encendió al lado de tu rostro y pude verte con toda claridad. Tus ojos llorosos, tus mejillas sonrosadas que resaltaban aún más la sonrisa de tus labios. Parecías estar en éxtasis, dejando tu mente vacía para llenarla de mi voz y mi música. En ese momento lo supe, supe que quería ver esa cara todos los días, verte mientras yo cantaba y contemplar cómo mi música te transportaba a lugares lejanos, que te hiciera llegar a las nubes. Estuve a punto de confundirme de verso, y en el solo aproveché para dedicarte unas palabras, que seguro que todas las demás pensaron que iban para ellas, pero yo sólo te miraba a ti.
El concierto terminó muy tarde, pero a mí se me hizo muy corto. Finalmente nos fuimos al camerino, pero porque mi guitarrista me arrastró. Yo no quería moverme de allí, quería seguir mirándote a esos ojos negros y sentir cómo nos convertíamos en una sola persona. Pero te fuiste, con alguien, no sé quién era, yo sólo me fijaba en ti. Ya han pasado tres semanas y sigo viéndote a todas horas, busco cabellos pelirrojos en todas las tiendas, los coches, los trenes...
Hablando de trenes, por allí viene el mío. Creo que bajaré a buscarte entre las vías.
Foto por: Sara Sekhmet
domingo, 11 de marzo de 2012
¿Coincidencia?

A lo lejos se oía el sonido de las máquinas tragaperras y la luz de los letreros de neón entraba a través de las lamas rotas de la persiana. Estaba tumbada en la cama totalmente vestida y se tapaba la cara con un cojín que tenía los bordes deshilachados. Movía los pies al ritmo de la canción que estaba tarareando y que por desgracia no había podido quitársela de la cabeza. Ni siquiera sabía muy bien por qué estaba allí.
Horas antes, en su casa, se había puesto el pijama y tras leer varios capítulos de aquel libro, había apagado la luz dispuesta a dormirse. Sin embargo, no había podido. En cuanto cerró los ojos volvió a verle cantar mientras tocaba la guitarra. Abrió los ojos y cambió de postura, pero al cerrarlos de nuevo, allí estaba él.
Pasaban las horas y seguía sin poder dormirse. Ahora las sábanas estaban revueltas y el edredón había acabado en una esquina de la habitación en un efímero intento de dormir ahí.
Finalmente se levantó, volvió a ponerse sus vaqueros y aquellas zapatillas tan desgastadas; rebuscó entre todo el montón de ropa que tenía en la silla y se puso la camiseta menos arrugada que encontró.
Cogió las llaves del coche y su bolso y salió de su piso con la intención de dejarlo todo atrás, olvidarle, aunque sólo fuera por unas horas. Sólo quería dormir sin que su último pensamiento antes de cerrar los ojos fuera para él.
Condujo por la estatal hacia el oeste, sin saber muy bien a donde iba. Había olvidado todos sus cd's en casa, así que puso la radio, pero sólo había canciones de amor que le recordaban aún más a él, hasta que en una emisora, la voz de Johnny la transportó muchos años atrás, a épocas de columpios y parques de tierra, de vestiditos y diademas en el pelo.
Siguió conduciendo hasta que los ojos se le empezaron a cerrar y notó que se estaba quedando dormida. Decidió desviarse en la siguiente salida y llegó a un pequeño motel llamado "Harmony". Aparcó entre dos grandes camiones y se dirigió a la recepción. Tras el mostrador, una anciana de gafas de pasta la miró de arriba a abajo y tras comprobar que no era peligrosa le dio la llave de la 214.
Subió por las escaleras y tras dejar atrás a la señora con sus prejuicios, se metió en la habitación. Abajo se oía al camarero del bar reírse y a lo que parecía un camionero jugando a los dardos. Se tumbó en la cama y cerró los ojos, estaba agotada. Pero volvió a ocurrir, allí estaba él otra vez. Se tapó la cara con un cojín y pensó: "¿Es que no valido para nada? Ya no pudo huir más, ¿a dónde iba a ir? Me rindo".
Entonces se dio cuenta de que la camiseta que se había puesto era la misma que había llevado la última vez que se vieron. ¿Coincidencia? Ella no creía en eso, y tarareando la misma canción que él cantaba, se quedó dormida con una sonrisa en los labios.
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