
Siempre fui de aquellas personas que vivían la vida al límite, con las pulsaciones a mil por hora y viendo pasar todos los trenes siempre en el borde de las vías. Nunca tuve miedo, y ahora tampoco, aunque para ser sincero, no sé muy bien cómo sentirme.
Hay cosas brillantes allá abajo, entre las traviesas. Estoy muy tentado de bajar a contemplarlas y esperar allí al tren. Las cosas que brillan siempre han llamado mi atención, y más cuando te vi por primera vez. Tu pelo rojo cobrizo resaltaba en medio de todas aquellas cabezas negras y los brazos pálidos que se alzaban para intentar tocar las notas que salían de mi guitarra.
Cuando se apagaron los focos y comencé a cantar mi canción favorita, un mechero se encendió al lado de tu rostro y pude verte con toda claridad. Tus ojos llorosos, tus mejillas sonrosadas que resaltaban aún más la sonrisa de tus labios. Parecías estar en éxtasis, dejando tu mente vacía para llenarla de mi voz y mi música. En ese momento lo supe, supe que quería ver esa cara todos los días, verte mientras yo cantaba y contemplar cómo mi música te transportaba a lugares lejanos, que te hiciera llegar a las nubes. Estuve a punto de confundirme de verso, y en el solo aproveché para dedicarte unas palabras, que seguro que todas las demás pensaron que iban para ellas, pero yo sólo te miraba a ti.
El concierto terminó muy tarde, pero a mí se me hizo muy corto. Finalmente nos fuimos al camerino, pero porque mi guitarrista me arrastró. Yo no quería moverme de allí, quería seguir mirándote a esos ojos negros y sentir cómo nos convertíamos en una sola persona. Pero te fuiste, con alguien, no sé quién era, yo sólo me fijaba en ti. Ya han pasado tres semanas y sigo viéndote a todas horas, busco cabellos pelirrojos en todas las tiendas, los coches, los trenes...
Hablando de trenes, por allí viene el mío. Creo que bajaré a buscarte entre las vías.
Foto por: Sara Sekhmet
