jueves, 22 de marzo de 2012



Siempre fui de aquellas personas que vivían la vida al límite, con las pulsaciones a mil por hora y viendo pasar todos los trenes siempre en el borde de las vías. Nunca tuve miedo, y ahora tampoco, aunque para ser sincero, no sé muy bien cómo sentirme.

Hay cosas brillantes allá abajo, entre las traviesas. Estoy muy tentado de bajar a contemplarlas y esperar allí al tren. Las cosas que brillan siempre han llamado mi atención, y más cuando te vi por primera vez. Tu pelo rojo cobrizo resaltaba en medio de todas aquellas cabezas negras y los brazos pálidos que se alzaban para intentar tocar las notas que salían de mi guitarra.

Cuando se apagaron los focos y comencé a cantar mi canción favorita, un mechero se encendió al lado de tu rostro y pude verte con toda claridad. Tus ojos llorosos, tus mejillas sonrosadas que resaltaban aún más la sonrisa de tus labios. Parecías estar en éxtasis, dejando tu mente vacía para llenarla de mi voz y mi música. En ese momento lo supe, supe que quería ver esa cara todos los días, verte mientras yo cantaba y contemplar cómo mi música te transportaba a lugares lejanos, que te hiciera llegar a las nubes. Estuve a punto de confundirme de verso, y en el solo aproveché para dedicarte unas palabras, que seguro que todas las demás pensaron que iban para ellas, pero yo sólo te miraba a ti.

El concierto terminó muy tarde, pero a mí se me hizo muy corto. Finalmente nos fuimos al camerino, pero porque mi guitarrista me arrastró. Yo no quería moverme de allí, quería seguir mirándote a esos ojos negros y sentir cómo nos convertíamos en una sola persona. Pero te fuiste, con alguien, no sé quién era, yo sólo me fijaba en ti. Ya han pasado tres semanas y sigo viéndote a todas horas, busco cabellos pelirrojos en todas las tiendas, los coches, los trenes...

Hablando de trenes, por allí viene el mío. Creo que bajaré a buscarte entre las vías.




Foto por: Sara Sekhmet

domingo, 11 de marzo de 2012

¿Coincidencia?


A lo lejos se oía el sonido de las máquinas tragaperras y la luz de los letreros de neón entraba a través de las lamas rotas de la persiana. Estaba tumbada en la cama totalmente vestida y se tapaba la cara con un cojín que tenía los bordes deshilachados. Movía los pies al ritmo de la canción que estaba tarareando y que por desgracia no había podido quitársela de la cabeza. Ni siquiera sabía muy bien por qué estaba allí.
Horas antes, en su casa, se había puesto el pijama y tras leer varios capítulos de aquel libro, había apagado la luz dispuesta a dormirse. Sin embargo, no había podido. En cuanto cerró los ojos volvió a verle cantar mientras tocaba la guitarra. Abrió los ojos y cambió de postura, pero al cerrarlos de nuevo, allí estaba él.
Pasaban las horas y seguía sin poder dormirse. Ahora las sábanas estaban revueltas y el edredón había acabado en una esquina de la habitación en un efímero intento de dormir ahí.
Finalmente se levantó, volvió a ponerse sus vaqueros y aquellas zapatillas tan desgastadas; rebuscó entre todo el montón de ropa que tenía en la silla y se puso la camiseta menos arrugada que encontró.
Cogió las llaves del coche y su bolso y salió de su piso con la intención de dejarlo todo atrás, olvidarle, aunque sólo fuera por unas horas. Sólo quería dormir sin que su último pensamiento antes de cerrar los ojos fuera para él.
Condujo por la estatal hacia el oeste, sin saber muy bien a donde iba. Había olvidado todos sus cd's en casa, así que puso la radio, pero sólo había canciones de amor que le recordaban aún más a él, hasta que en una emisora, la voz de Johnny la transportó muchos años atrás, a épocas de columpios y parques de tierra, de vestiditos y diademas en el pelo.
Siguió conduciendo hasta que los ojos se le empezaron a cerrar y notó que se estaba quedando dormida. Decidió desviarse en la siguiente salida y llegó a un pequeño motel llamado "Harmony". Aparcó entre dos grandes camiones y se dirigió a la recepción. Tras el mostrador, una anciana de gafas de pasta la miró de arriba a abajo y tras comprobar que no era peligrosa le dio la llave de la 214.
Subió por las escaleras y tras dejar atrás a la señora con sus prejuicios, se metió en la habitación. Abajo se oía al camarero del bar reírse y a lo que parecía un camionero jugando a los dardos. Se tumbó en la cama y cerró los ojos, estaba agotada. Pero volvió a ocurrir, allí estaba él otra vez. Se tapó la cara con un cojín y pensó: "¿Es que no valido para nada? Ya no pudo huir más, ¿a dónde iba a ir? Me rindo".
Entonces se dio cuenta de que la camiseta que se había puesto era la misma que había llevado la última vez que se vieron. ¿Coincidencia? Ella no creía en eso, y tarareando la misma canción que él cantaba, se quedó dormida con una sonrisa en los labios.