El alquitrán de la carretera arde bajo mis pies. La goma de mis Converse está tan desgastada que puedo notar cómo asciende el calor del asfalto y me cuece los pies. Quizá la suela de las zapatillas acabe derritiéndose.
Sé que llevo muchas horas caminando, incluso desde antes que este sol abrasador comenzase a bañar mi piel lentamente al amanecer. Recogí mi pequeño campamento cuando las golondrinas comenzaron a piar, dispuesta a no dejar sin recorrer ni uno sólo de los kilómetros que en el día de hoy pudieran apartarme de mi destino.
El sudor cae a chorros por mi nuca y el pelo hace tiempo que dejó de lucir limpio, pero no me importa. El viento lo agita y lo enreda al mismo tiempo, proporcionándome un sentimiento de libertad irreemplazable. Los camiones, los pocos que pasan por esta carretera, hacen que mi vestido ondee incluso más deprisa de lo que giran sus ruedas. De vez en cuando, alguno para, ofreciéndose a llevarme a mi destino, pero yo declino todas las invitaciones. Y no porque no me gusten los camiones, que me encantan, sino porque siento que este viaje debo hacerlo con los pies bien cerca de la tierra y sin elevarme demasiado sobre el camino que debo seguir. Sin embargo, y para no ofender a ninguno de estos hombres que paran, les cargo mi pequeño equipaje para que me lo lleven a la siguiente estación de servicio y les prometo (porque insisten mucho) que allí aceptaré que me inviten a una Coca-cola.
Tras pasarme todo el día caminando, exceptuando una pequeña parada en la estación de servicio para comer y recuperar mi macuto, siento que mi piernas, mi rodilla izquierda, están próximas a gritar '¡Basta!'. Pero mi corazón y mi mente no están de acuerdo. A parte de que el lugar no es el más idóneo para acampar (no hay ningún matojo ni árbol tras el que resguardarme a la vista), presiento que algo más va a sucederme antes de que la noche cerrada se cierna sobre mi espalda.
Es entonces, cuando tras de mí, oigo un frenazo y el chirrido del metal que se desliza fieramente por los baches de la carretera. Vuelvo la vista a tiempo de ver cómo un faro se apaga y oigo una voz que maldice. Mis piernas, que ya no podían más, comienzan a correr, y cuando quiero darme cuenta veo una moto, una Harley, tirada en la carretera con el faro roto. Más allá, hay un bulto que parece no moverse. Me acerco con cuidado y tengo miedo de encontrarme algún animal muerto. Siempre fui muy aprensiva con los cadáveres.
Por suerte, está vivo y no es ningún animal. Un chico se pone en pie y se dirige a su moto. Murmurando sobre su mala suerte, la levanta y comienza a rebuscar en uno de los maletines. Saca una bombilla y cambia la que se ha roto. Pone el contacto, comprueba que funciona y gira en derredor, como si esperara que algún animal fuera a saltar a la carretera. Es entonces cuando me ve y se pega tal susto que la moto casi se le cae. En su favor debería decir que no es nada habitual encontrarse en mitad de la carretera a una chica un poco harapienta.
Le pregunto si está bien y me dice que sí.
- Se me ha cruzado un zorro y por esquivarle casi me pego el guarrazo del año. ¡Malditos zorros! Pero vamos, menos mal que no me he roto nada y lo de la moto sólo ha sido el faro. Si hubiera sido otra cosa...lo tendría más crudo. Pero oye, ¿tú a dónde vas?
Y aunque es la misma pregunta que me hacen todos los días, ahora la medito un poco más. Me doy cuenta de que aunque sé cuál es el destino, no estoy segura de cuál es el camino. Mi corazón se detiene un instante más de lo habitual y siento que mis ojos se inundan, porque a pesar de que me hecho la dura estos días, mi corazón está más cansado que mi cuerpo.
Intento explicárselo al chico, pero soy incapaz de explicarme de manera coherente. Finalmente, y sin yo quererlo, de mi boca salen estas palabras: "¿Me llevas?".
El chico me mira extrañado con sus ojos azules que ahora veo a la luz del faro, sonríe y me dice: "Pues claro, porque aunque no sepas el camino, yo te acercaré a la meta".
Nos montamos en la Harley y el viento resuena en mis oídos cuando el motor comienza a ronronear, y corremos, volamos, y descubro que quizá hoy me he acercado un poco más a la meta.