domingo, 29 de julio de 2012

Viento y águilas en el horizonte

El alquitrán de la carretera arde bajo mis pies. La goma de mis Converse está tan desgastada que puedo notar cómo asciende el calor del asfalto y me cuece los pies. Quizá la suela de las zapatillas acabe derritiéndose.

Sé que llevo muchas horas caminando, incluso desde antes que este sol abrasador comenzase a bañar mi piel lentamente al amanecer. Recogí mi pequeño campamento cuando las golondrinas comenzaron a piar, dispuesta a no dejar sin recorrer ni uno sólo de los kilómetros que en el día de hoy pudieran apartarme de mi destino.

El sudor cae a chorros por mi nuca y el pelo hace tiempo que dejó de lucir limpio, pero no me importa. El viento lo agita y lo enreda al mismo tiempo, proporcionándome un sentimiento de libertad irreemplazable. Los camiones, los pocos que pasan por esta carretera, hacen que mi vestido ondee incluso más deprisa de lo que giran sus ruedas. De vez en cuando, alguno para, ofreciéndose a llevarme a mi destino, pero yo declino todas las invitaciones. Y no porque no me gusten los camiones, que me encantan, sino porque siento que este viaje debo hacerlo con los pies bien cerca de la tierra y sin elevarme demasiado sobre el camino que debo seguir. Sin embargo, y para no ofender a ninguno de estos hombres que paran, les cargo mi pequeño equipaje para que me lo lleven a la siguiente estación de servicio y les prometo (porque insisten mucho) que allí aceptaré que me inviten a una Coca-cola.

Tras pasarme todo el día caminando, exceptuando una pequeña parada en la estación de servicio para comer y recuperar mi macuto, siento que mi piernas, mi rodilla izquierda, están próximas a gritar '¡Basta!'. Pero mi corazón y mi mente no están de acuerdo. A parte de que el lugar no es el más idóneo para acampar (no hay ningún matojo ni árbol tras el que resguardarme a la vista), presiento que algo más va a sucederme antes de que la noche cerrada se cierna sobre mi espalda.

Es entonces, cuando tras de mí, oigo un frenazo y el chirrido del metal que se desliza fieramente por los baches de la carretera. Vuelvo la vista a tiempo de ver cómo un faro se apaga y oigo una voz que maldice. Mis piernas, que ya no podían más, comienzan a correr, y cuando quiero darme cuenta veo una moto, una Harley, tirada en la carretera con el faro roto. Más allá, hay un bulto que parece no moverse. Me acerco con cuidado y tengo miedo de encontrarme algún animal muerto. Siempre fui muy aprensiva con los cadáveres.

Por suerte, está vivo y no es ningún animal. Un chico se pone en pie y se dirige a su moto. Murmurando sobre su mala suerte, la levanta y comienza a rebuscar en uno de los maletines. Saca una bombilla y cambia la que se ha roto. Pone el contacto, comprueba que funciona y gira en derredor, como si esperara que algún animal fuera a saltar a la carretera. Es entonces cuando me ve y se pega tal susto que la moto casi se le cae. En su favor debería decir que no es nada habitual encontrarse en  mitad de la carretera a una chica un poco harapienta.

Le pregunto si está bien y me dice que sí.
- Se me ha cruzado un zorro y por esquivarle casi me pego el guarrazo del año. ¡Malditos zorros! Pero vamos, menos mal que no me he roto nada y lo de la moto sólo ha sido el faro. Si hubiera sido otra cosa...lo tendría más crudo. Pero oye, ¿tú a dónde vas? 

Y aunque es la misma pregunta que me hacen todos los días, ahora la medito un poco más. Me doy cuenta de que aunque sé cuál es el destino, no estoy segura de cuál es el camino. Mi corazón se detiene un instante más de lo habitual y siento que mis ojos se inundan, porque a pesar de que me hecho la dura estos días, mi corazón está más cansado que mi cuerpo. 

Intento explicárselo al chico, pero soy incapaz de explicarme de manera coherente. Finalmente, y sin yo quererlo, de mi boca salen estas palabras: "¿Me llevas?".
El chico me mira extrañado con sus ojos azules que ahora veo a la luz del faro, sonríe y me dice: "Pues claro, porque aunque no sepas el camino, yo te acercaré a la meta".

Nos montamos en la Harley y el viento resuena en mis oídos cuando el motor comienza a ronronear, y corremos, volamos, y descubro que quizá hoy me he acercado un poco más a la meta.


viernes, 27 de julio de 2012

Patines a los 23

Éramos jóvenes y el día en que vivíamos no nos preocupaba lo más mínimo. Sólo nos interesaba saber que se acercaba el final de mes para acudir al estanco,esa tienda maravillosa con los estantes llenos de un tabaco que pensábamos que nos trasladaría a continentes lejanos. Pero nunca lo comprábamos. Sólo íbamos allí a comprar un mísero billete que nos permitía coger todos los autobuses y metros de la ciudad, todas las veces que quisiéramos sin preocuparnos por la incómoda presencia del revisor. Y es que nuestras madres habían acabado hartas de las multas y recibos que llegaban a casa cuando nos pillaban colándonos en el metro, así que nos obligaron a hacernos el mal llamado "abono de transportes".

En realidad nos daba igual cómo se llamara siempre y cuando nos facilitara llegar a tantos y tantos locales de ensayo de esos grupos que tanto nos fascinaban. Nos ocultábamos bajo las ventanas (si es que las tenían) y detrás de las puertas, y dejábamos que los ritmos de las guitarras movieran nuestros dedos, que nuestros oídos vibraran con los graves del bajo y que nuestro corazón latiera al unísono de la caja de la batería. Y tras pasarnos tarde enteras con la música impregnando nuestras almas, volvíamos a casa, robábamos algo de lo que nuestras madres habían preparado para cenar y volvíamos a salir a la calle.

Cogíamos las bicicletas, Bran y yo, y esperábamos a que Patti saliera de su portal con aquellos patines negros y rojos de su padre que tan grandes le quedaban. Y nos íbamos por las calles vacías, a gastar nuestro tiempo, porque nos sobraba tanto que salía por cada uno de los poros de nuestro cuerpo. La risa de Patti resonaba en los bordillos y en lo alto de las farolas que proyectaban nuestra sombra cuando se agarraba a la parte de atrás de nuestras bicis y patinaba calle abajo sin ni siquiera saber mantener el equilibrio.

Día tras día el verano pasó, pero nosotros nos quedamos en los 23, porque ese verano decidimos que no queríamos envejecer ni preocuparnos por nada que no fuera la música.

Sin embargo, ahora, también les hemos comprado el abono a nuestros hijos, que se reúnen todas las tardes para ir a escuchar a los grupos que en nuestra juventud aún no sabían interpretar una buena melodía y que hoy, a pesar de todos los éxitos que han conseguido, siguen ensayando en los mismos sitios.