viernes, 27 de julio de 2012

Patines a los 23

Éramos jóvenes y el día en que vivíamos no nos preocupaba lo más mínimo. Sólo nos interesaba saber que se acercaba el final de mes para acudir al estanco,esa tienda maravillosa con los estantes llenos de un tabaco que pensábamos que nos trasladaría a continentes lejanos. Pero nunca lo comprábamos. Sólo íbamos allí a comprar un mísero billete que nos permitía coger todos los autobuses y metros de la ciudad, todas las veces que quisiéramos sin preocuparnos por la incómoda presencia del revisor. Y es que nuestras madres habían acabado hartas de las multas y recibos que llegaban a casa cuando nos pillaban colándonos en el metro, así que nos obligaron a hacernos el mal llamado "abono de transportes".

En realidad nos daba igual cómo se llamara siempre y cuando nos facilitara llegar a tantos y tantos locales de ensayo de esos grupos que tanto nos fascinaban. Nos ocultábamos bajo las ventanas (si es que las tenían) y detrás de las puertas, y dejábamos que los ritmos de las guitarras movieran nuestros dedos, que nuestros oídos vibraran con los graves del bajo y que nuestro corazón latiera al unísono de la caja de la batería. Y tras pasarnos tarde enteras con la música impregnando nuestras almas, volvíamos a casa, robábamos algo de lo que nuestras madres habían preparado para cenar y volvíamos a salir a la calle.

Cogíamos las bicicletas, Bran y yo, y esperábamos a que Patti saliera de su portal con aquellos patines negros y rojos de su padre que tan grandes le quedaban. Y nos íbamos por las calles vacías, a gastar nuestro tiempo, porque nos sobraba tanto que salía por cada uno de los poros de nuestro cuerpo. La risa de Patti resonaba en los bordillos y en lo alto de las farolas que proyectaban nuestra sombra cuando se agarraba a la parte de atrás de nuestras bicis y patinaba calle abajo sin ni siquiera saber mantener el equilibrio.

Día tras día el verano pasó, pero nosotros nos quedamos en los 23, porque ese verano decidimos que no queríamos envejecer ni preocuparnos por nada que no fuera la música.

Sin embargo, ahora, también les hemos comprado el abono a nuestros hijos, que se reúnen todas las tardes para ir a escuchar a los grupos que en nuestra juventud aún no sabían interpretar una buena melodía y que hoy, a pesar de todos los éxitos que han conseguido, siguen ensayando en los mismos sitios.

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