domingo, 22 de abril de 2012

Waitin' on a sunny day



Lo sabes, sabes que te estoy esperando. Y lo mejor de todo es que lo has sabido siempre. Aquí me tienes.

Lo más raro es que yo no soy de esos que esperan, mi lema es como aquella canción de Springsteen. La que escuchamos la noche en que nos conocimos, en aquella fiesta. Tú saliste a tomar el aire al porche y yo te seguí, y justo cuando me senté a tu lado en los escalones, la voz del Boss se alzó por encima del murmullo  de la gente y se oyó clara en la noche: "Baby we were born to run".


Ahí nació nuestra amistad, y más tarde el amor, pero sólo por mi parte, y es que resultó que tú ya estabas con alguien. Al principio me desanimé, pero algo dentro de mí se negaba a rendirse. Me negué a dejar de hablar contigo, a pesar de que me dolía, sobre todo cuando me contabas que habías hecho planes con tu novio.

El tiempo pasó, y lo tuyo con él se acabó. Quizá porque él veía demasiado fútbol, quizá porque pegó a tu perro, o simplemente porque dejaste de quererle.

Y yo, CC, aquí estoy, como bien dice Bruce, "Waitin' on a sunny day".

viernes, 20 de abril de 2012


Estoy sentada en el sofá. Mi casa está completamente vacía de vida. Estoy mirando a través de la ventana cómo el sol se pone. Todo es bello en la calle. Los niños están jugando y desenterrando gusanos. Sus padres están hablando entre ellos mientras sus hijos gritan y sus voces me recuerdan mis viajes a través de los Estados Unidos, tomando fotos de pueblos vacía donde sólo los niños jugaban en las calles. Yo sólo tenía mi coche, un Cadillac, mi bolsa de equipaje con lo básico y mi cámara de fotos. Nunca había necesitado una casa donde poder tomarme un descanso. Prefería viajar y conocer gente diferente.

Sin embargo, un día sentí algo en mi interior. Me desperté una mañana y me di cuenta de que no tenía ganas de coger el coche. Creí que lo único que necesitaba era dormir un poco más, pero me equivocaba. Mi corazón estaba diciéndome que quería una casa, mejor dicho, un hogar al que pudiera volver después del trabajo, con una chimenea y un árbol gigante en el jardín bajo el que sentarme a leer. 

Así que compré una pequeña casa con un gran jardín en un pueblecito de Nuevo México. Un día, cuando estaba tomando un te, vi a un hombre cruzando la calle. Llamó a mi puerta y cuando abrí, sus ojos me atravesaron, eran tan profundos y me miraban de tal manera que no podía moverme o decir algo. Esa fue la primera vez que vi a mi vecino. Al fin, conseguí invitarle a entrar y se quedó conmigo desde entonces. Murió hace 2 semanas y ahora yo tengo 82 años. 

Los niños siguen gritando, pero creo que me voy a ir a la cama. Espero no volver a oírlos nunca más.