viernes, 20 de abril de 2012


Estoy sentada en el sofá. Mi casa está completamente vacía de vida. Estoy mirando a través de la ventana cómo el sol se pone. Todo es bello en la calle. Los niños están jugando y desenterrando gusanos. Sus padres están hablando entre ellos mientras sus hijos gritan y sus voces me recuerdan mis viajes a través de los Estados Unidos, tomando fotos de pueblos vacía donde sólo los niños jugaban en las calles. Yo sólo tenía mi coche, un Cadillac, mi bolsa de equipaje con lo básico y mi cámara de fotos. Nunca había necesitado una casa donde poder tomarme un descanso. Prefería viajar y conocer gente diferente.

Sin embargo, un día sentí algo en mi interior. Me desperté una mañana y me di cuenta de que no tenía ganas de coger el coche. Creí que lo único que necesitaba era dormir un poco más, pero me equivocaba. Mi corazón estaba diciéndome que quería una casa, mejor dicho, un hogar al que pudiera volver después del trabajo, con una chimenea y un árbol gigante en el jardín bajo el que sentarme a leer. 

Así que compré una pequeña casa con un gran jardín en un pueblecito de Nuevo México. Un día, cuando estaba tomando un te, vi a un hombre cruzando la calle. Llamó a mi puerta y cuando abrí, sus ojos me atravesaron, eran tan profundos y me miraban de tal manera que no podía moverme o decir algo. Esa fue la primera vez que vi a mi vecino. Al fin, conseguí invitarle a entrar y se quedó conmigo desde entonces. Murió hace 2 semanas y ahora yo tengo 82 años. 

Los niños siguen gritando, pero creo que me voy a ir a la cama. Espero no volver a oírlos nunca más. 

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